miércoles, noviembre 02, 2011

Cultura, patrimonio y democracia.

Visite cualquier pueblo de Francia, de Inglaterra, de Alemania, incluso de la más lejana Eslovenia. Compruebe como se conservan los restos de las últimas contiendas europeas. Compruebe cómo puede encontrar información sobre los lugares visitables como turista o como aficionado a la cultura y el patrimonio. Compruebe el  cuidado con que las administraciones se preocupan de anunciar, mantener y cuidar este patrimonio. Vea con que acierto las administraciones han adecuado los lugares para su visita, explotado un recurso más, permitido que los descendientes de los que allí estuvieron puedan dedicar unos instantes a la memoria de sus seres queridos. Compruebe también con que respeto el conjunto de la población  camina por esos lugares, observa, lee, pregunta, se indaga sobre su pasado y su historia como pueblo. Al sur de los pirineos, o del Ebro, todo es distinto. Parece como si la cultura sólo fuera cosa de unos pocos, las administraciones no impulsan proyectos, suelen ser arrastradas hacia los proyectos y con mucha dificultad algo se mueve. Lo hemos dicho en alguna ocasión, no hay democracia sin cultura. Sin embargo, parece como si a la mínima oportunidad, se aproveche  para disminuir la cultura, para esquilmar el patrimonio, para tirar tierra sobre el pasado. Parece como si hubiera un diccionario oculto donde la palabra cultura fuera equivalente a “aquello que es prescindible”, “inútil” o “poco productivo”. Sin embargo, la cultura y el patrimonio, como parte de la misma, pueden contribuir no sólo a la reconciliación de los pueblos con su pasado, también a ser una fuente de ingresos   - a través del turismo- para los que la poseen y saben poner en valor aquello que forma parte de su pasado. Democracia sin cultura no es posible. Que a los ciudadanos se les permita votar, pero no se les den los medios para conocer, comprender, interpretar el mundo en el que viven, su pasado y poder proyectar su futuro libremente es un fiasco que puede tener graves consecuencias.
En la fotografía el "popular" chalet de Vicent Miquel Carceller, director de la revista la Traca y del teatro Serrano de Valencia, que estaba situado en la Cañada. El chalet fue emblema de la mitología valenciana: la Barraca, El Miquelet, Arrancapins. Muy celebre en su momento, fue destruido años después.

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